La eterna batalla por el sofá

Llevo un par de días haciendo búsquedas como “sofá cama precios” o “sofá cama oferta” en internet. La situación me remonta a un conflicto que he debido sortear desde mi lejana infancia; la eterna batalla por el sofá.

Me explicaré. Crecí en un hogar con cuatro hermanos, mis papás y mis abuelos maternos. Trece personas, conmigo incluido. Si están pensando que es el número de la mala suerte, les daré la razón, aunque no sea supersticioso.

La casa no era demasiado grande y aunque teníamos dos cuartos de baño, era prácticamente imposible contar con uno vacío cuando se presentaba una urgencia. En el desayuno y la merienda también había que apurarse para ser el primero; no porque la comida se agotara, sino por apartar las frutas o las piezas de pan más cotizadas.

Pero lo que verdaderamente podía terminar en batallas campales era el uso del sofá, un mueble antiguo, pero muy cómodo, por el que todos teníamos especial apego. Mis papás lo querían para sentarse a ver sus programas de televisión; mi abuela para tejer y mi abuelo para leer; mis hermanos y yo lo disputábamos para todo tipo de cosas, desde sentarnos a ver caricaturas (y cada cual quería ver una distinta, por supuesto), hasta brincar en él o simplemente tumbarnos, cual largos éramos.

Cuando al fin me independicé, uno de los primeros muebles que compré fue un cómodo sofá cama; sofá para sentarme a mis anchas a leer, ver mis series o jugar videojuegos, y cama, por si se presentaba la ocasión de dar posada a un amigo. El dichoso sofá me gustó tanto, que las contadas veces en que tuve huéspedes, les ofrecí mi cama y yo dormí en la sala. A tal punto fui amo y señor de mi sofá.

Mi reinado duró por varios años y hasta hace algunos meses, cuando llegó el que, pese a la pequeña ola de destrucción que trajo consigo, es el mejor roomie que podría tener; mi perro. Como ya se imaginarán, la ola de destrucción se limitó a mi preciado sofá cama. Ocupado como estaba en educar al can para que hiciera sus necesidades afuera, no mordiera mis zapatos y no rogara por comida, cuando su alimento parecía más balanceado y nutritivo que el mío, pasé por alto el hecho de que en ocasiones se subía al sofá.

Lo hacía en mi presencia, y entonces me apresuraba a ordenarle que bajara (si es que no me encontraba demasiado cansado o distraído con otras cosas). Pero seguramente lo hacía cuando yo no estaba en casa, pues varias noches, al volver de la oficina, encontré un poco de pelo, algún rasguño y hasta la bien definida impronta de su huella.

Me limité a limpiar y aspirar, hasta el día que sucedió lo inevitable; mi perro rasgó, rompió y sacó buena parte del relleno del sillón. Naturalmente hice un gran coraje y tuve ganas de gritar y regañar, pero bien sabía que toda la culpa era mía. Por eso es que antes de buscar un reemplazo para mi querido sofá cama, solicité consejo a un experto en conducta canina,  para evitar que otra batalla se presente con la llegada del nuevo mueble.

El experto lo resumió todo en cuatro pasos:

Decide

Según el especialista, puede haber de tres sopas: no dejo que el perro suba al sofá; le permito subir en ciertas ocasiones, o accedo a compartir el mueble con él. Aunque la opción intermedia podría parecer la ideal, para los perros no es fácil eso de andar con medias tintas. Si se les permite hacer algo una vez, o un par de veces, ellos entenderán que la conducta es aceptada. Se les puede entrenar para que suban al sillón sólo si se les invita, pero, sépanlo, esto será mucho más difícil.

Entrena

Una vez elegido el tipo de permiso que se concederá al perro, hay que entrenarlo. Incluso si optamos por dejarlo subir cuando él quiera, habrá que corregirlo para que no rasque, ni muerda. Si la opción es no permitir, habrá que pronunciar con firmeza las órdenes de “¡No!” y “¡Baja!”, hasta que renuncie al impulso de subirse al sofá (y, ojo, “firmeza” no es, en modo alguno, sinónimo de violencia).

Recompensa

Es lo que los expertos llaman “refuerzo positivo”, es decir, premiar al perro cada vez que hace lo que se le pide. Ahora bien, “premio” no siempre tiene que ser equivalente a comida (no queremos que la epidemia de obesidad también alcance a nuestras macotas). Caricias, juegos o palabras de ánimo (no entenderán el significado, pero sí el tono) pueden ser más que suficientes para recompensar a los amigos caninos.

Cuida

Tanto a tu mascota como a tus muebles. Si le prohíbes subirse al sofá, bríndale una alternativa igual de acogedora; empresas como Sofamatch saben que las mascotas también merecen comodidad y estilo, por eso además de sillones, tienen unas camitas para perros fabulosas. Si lo dejas que suba, cuando lo invites o siempre que quieras, es importante, para el bienestar de todos en casa, que pongas especial atención a la higiene. Limpia las patas de tu perro cada vez que regresen de un paseo (con una toalla húmeda basta); de lo contrario, toda la mugre y tierra de la calle terminarán en tu sofá. Cepilla y aspira el mueble con frecuencia, para eliminar el pelo y de preferencia, coloca una cubierta especial, en el área donde acostumbre sentarse (seguro encontrarás una que combine con el mueble y la decoración).

Los zorros

Una amiga nuestra abrió una línea textil y nos invitó a su casa en Virginia, para ver sus primeras etiquetas para ropa bordadas en el producto; un evento, aunque muy pequeño, de gran importancia, ya que la línea textil tiene muy buenas expectativas, debido a que ya tiene contratos con las mayores distribuidoras en Estados Unidos y Europa.

El diseño de la etiqueta es muy simple y fácil de recordar.

Se trata de un zorro sentado entre dos árboles, viendo hacia el sol, que ilumina todo un paisaje en la parte de atrás.

Al estar sentado viendo la etiqueta, volteé hacia la ventana izquierda de la casa que daba a un jardín, que en sí delimitaba con lo que parecía ser un profundo bosque, donde lo único que se podía ver eran árboles y pastizales altos con flores azules, en medio de las cuales, observándome atentamente, había un hermoso zorro rojo, cuya mirada me recordaba más a la de un coyote, debido a su intensidad.

De pronto, en un abrir y cerrar de ojos, el zorro desapareció como una sombra en la obscuridad.

Como todos los animales extraordinarios, los zorros tienen una muy mala reputación en la mayoría de los lugares y con la mayoría de los humanos, debido a supersticiones mal fundadas y por un cierto comportamiento natural de estos hermosos animales, con los cuales muchos hombres, especialmente granjeros, no han sabido lidiar.

Existen muchos tipos de zorros; sin embargo, el zorro más famoso (debido a que es el más abundante), es el zorro rojo.

El zorro rojo es un animal de tamaño mediano-chico con un pelaje rojo o anaranjado, que abunda en los bosques de la mayor parte del mundo; sin embargo, son más frecuentes en el hemisferio norte, donde son de pelaje más grueso y largo.

Los zorros tienen un muy buen ojo para escoger la locación de donde construir su madriguera, generalmente éstas se encuentran en el extremo de una colina, escondida en el bosque en locaciones difíciles de encontrar para hasta el animal más veterano.

Aunque los zorros tienen una apariencia completamente canina, en realidad tienen mucho en común con los gatos, especialmente su comportamiento independiente.

Loas zorros son animales y cazadores solitarios durante la mayor parte del año, menos en el invierno, siendo ésta la época de reproducción.

Los zorros tienen una manera muy especial y sagaz de cortejar a sus contrapartes femeninas, ya que lo hacen manteniendo su madriguera y trayendo alimento para ellas y para sus cachorros, quienes eventualmente seguirán el mismo curso.

El sonido que produce un zorro es muy difícil de explicar; sin embargo, me parece preciso decir que es un sonido entre un ladrido y un maullido agudo y penetrante, que viaja por largas distancias.

Su enemistad con los seres humanos nace debido a que los zorros son hábiles cazadores y se comerán todo lo que está desprotegido como pollos y gallinas.

A su vez, el ser humano caza a estos preciosos animales, debido a la belleza de su pelaje, favorito en la industria de la moda.

Compañeros y no mascotas

El fin de semana fuimos a un desayuno en casa de un amigo mío, con el motivo de celebrar el bautizo de su hijo, un desayuno que fue excelente en todos los sentidos y que fue sublime a todos los sentidos, donde además las sillas plegables acojinadas eran sumamente cómodas, algo de lo que extrañamente me di cuenta, ya que por lo general no me percato de esas cosas.

Durante el desayuno y entre las miles de conversaciones en que ahí se llevaron a cabo, destacó una que llamo mi atención, una conversación de una amiga mía quien perdió a su gato o más bien, éste escapó, por así decirlo, algo cuya tristeza entiendo perfectamente, debido a que soy un amante de los gatos y siempre lo he sido.

No obstante, a lo largo del tiempo y de mis muchas experiencias con los mininos, me he dado cuenta de que por muchos años viví en un error en cuanto a mi percepción de estos animales tan especiales, cuyo comportamiento raya en lo místico y en lo sobrenatural, como si tuvieran una conexión y un conocimiento íntimo de lo que el ojo humano por sí mismo es incapaz de ver, siendo solo con los ojos del corazón con los que podemos verdaderamente entrar en aquel universo de donde los gatitos parecen venir.

Es por esta razón que algunas personas o, mejor dicho, un gran número de ellas, especialmente en la región latinoamericana, aborrecen a los gatos, les temen y hasta existen fobias en contra de ellos, aunque en Europa, los países anglosajones y escandinavos, los gatos son una mascota muy popular en muchos de estos países, ocupando el primer puesto en el caso de Suecia e Irlanda.

Digo que vivía en un error en mi percepción ante los gatos, debido a que por muchos años los encasillaba en la categoría de mascotas, cuando en realidad no lo son; los gatos son compañeros, no mascotas.

Para muchas personas, una mascota y un compañero podrían ser sinónimos; sin embargo, para entender a un gato debemos antes saber cuál es la diferencia entre mascota y compañero cuando del mundo animal se habla, ya que en el plano humano, naturalmente esto no aplica.

Una mascota en un animalito que depende enteramente de una persona, sin la cual no le es posible la supervivencia y el perderse o el encontrarse ausente de su dueño es algo fatal, ya que no cuentan con las propiedades salvajes necesarias para sobrevivir.

Un compañero es alguien que está con nosotros por el simple hecho de disfrutar nuestra compañía y no depende de nosotros; son como los amigos, quienes pasan tiempo con nosotros por gusto y no por necesidad, ya que los gatos pueden sobrevivir fácilmente sin la ayuda humana, debido a que en su genética se encuentra bien presente un lado salvaje e indomable que retienen de sus primos los leones; de hecho, los científicos concuerdan en que los gatos caseros son los mejores cazadores en el reino animal.

Es por esto que cuando nos abandonan, es simplemente porque son compañeros y no mascotas.